Vivimos en una época donde las pantallas están en todas partes. Teléfonos, tablets, televisores y computadores se han vuelto parte del paisaje cotidiano, incluso desde los primeros años de vida. Y aunque muchas veces lo vemos como algo inevitable —e incluso práctico—, cada vez más estudios nos alertan sobre sus consecuencias profundas en el desarrollo emocional, cognitivo y neurológico de niños y niñas.
Como psicóloga clínica, y también como madre, he sentido la necesidad de compartir esta preocupación. No para generar culpa, sino para abrir una conversación honesta y reflexiva. En especial con padres, madres y educadores que cada día buscan dar lo mejor a sus hijos e hijas, muchas veces sin contar con toda la información.
Hoy quiero abordar este tema inspirada en el trabajo del neurocientífico Michel Desmurget, quien ha dedicado años a estudiar cómo las pantallas afectan al cerebro infantil. Su mensaje es claro: no se trata solo de cuánto tiempo pasan los niños frente a las pantallas, sino de todo lo que dejan de hacer mientras tanto.
El cerebro infantil: una obra en construcción
Desde el nacimiento hasta los primeros años de escolaridad, el cerebro infantil está en plena formación. Cada experiencia, cada palabra, cada abrazo, moldea la arquitectura cerebral. En esta etapa, la interacción humana es insustituible: mirar a los ojos, escuchar una historia contada con afecto, jugar, moverse, aburrirse incluso, son experiencias que estimulan áreas cerebrales fundamentales.
Cuando estas interacciones se reemplazan por estímulos digitales —rápidos, brillantes, pasivos—, el desarrollo pierde riqueza. No es que las pantallas sean malas por sí mismas. El problema está en la cantidad, la edad de inicio y el tipo de contenido que consumen los niños.

Lo que la ciencia ha demostrado
Desmurget es enfático: las pantallas no solo interfieren en el lenguaje y la atención. También alteran el sistema de recompensas del cerebro, afectan la calidad del sueño, y generan un impacto medible en las funciones ejecutivas (como la memoria, la autorregulación o la planificación).
Algunos datos clave:
- El uso excesivo de pantallas en menores de 3 años está asociado a un menor desarrollo del lenguaje y a dificultades posteriores en matemáticas.
- Ver solo 9 minutos de dibujos animados con ritmo acelerado puede disminuir significativamente la capacidad de atención y aumentar la impulsividad en los niños.
- El cerebro infantil, al estar expuesto de forma constante a estímulos digitales, se acostumbra a la gratificación inmediata. Esto reduce la tolerancia a la frustración y dificulta el desarrollo de la paciencia, el esfuerzo sostenido y la capacidad de concentración.
¿Qué se pierde frente a una pantalla?
Cada hora frente a una pantalla es una hora menos de juego libre, de lectura compartida, de conversación con los padres, de interacción con otros niños. Y estos elementos no son solo entretenidos o formativos: son esenciales para el desarrollo emocional y cognitivo.
Por ejemplo, la lectura en voz alta no solo mejora el vocabulario y la comprensión: también fortalece los vínculos afectivos, despierta la empatía y entrena la capacidad de imaginar y reflexionar. Un niño al que se le leen cuentos regularmente puede adquirir entre 1.000 y 2.000 palabras más al año. Es un capital simbólico que durará toda la vida.
¿Y si vemos juntos la pantalla?
Es una pregunta habitual: ¿cambia algo si vemos la pantalla con los niños?
La respuesta es sí y no. El llamado “co-viewing” (ver juntos) puede ser una oportunidad si se transforma en un espacio de conversación: comentar, reflexionar, hacer preguntas. Pero no reemplaza la interacción real, directa, con personas de carne y hueso.
Ver televisión o un video juntos no tiene el mismo impacto que leer un cuento o jugar cara a cara. Las neuronas espejo, que se activan en la imitación y el vínculo, no reaccionan igual ante una pantalla. La comprensión, la empatía y el aprendizaje profundo ocurren en la relación, no en la simultaneidad de estar sentados al lado mirando algo.
Entonces… ¿Cuánto es demasiado?
La recomendación más consistente en la literatura científica es clara:
- De 0 a 2 años: lo ideal es cero exposición a pantallas.
- De 2 a 5 años: máximo una hora diaria, con contenido adecuado y siempre acompañado.
- A partir de los 6 años: se puede ampliar un poco más, siempre filtrando el contenido, evitando el uso antes de dormir y priorizando otras actividades.
Pero más allá del tiempo, la clave está en no permitir que las pantallas reemplacen las experiencias esenciales del desarrollo infantil: la lectura, el juego libre, el contacto con la naturaleza, el movimiento corporal, la conversación y la creatividad espontánea.
¿Qué podemos hacer como adultos responsables?
No es fácil. Todos lo sabemos. Llegamos cansados, tenemos que hacer mil cosas, y la tablet se convierte en una ayuda tentadora. Por eso, más que imponer reglas rígidas, necesitamos construir hábitos conscientes y sostenibles.
Algunas recomendaciones prácticas:
- Establece rutinas sin pantallas, especialmente en la mañana y antes de dormir.
- Reserva momentos de lectura compartida: 10-15 minutos al día hacen una gran diferencia.
- Ofrece actividades alternativas: dibujo, plastilina, juegos de mesa, cuentos con títeres.
- Modela con tu propio ejemplo: si tú también reduces tu uso del celular, el mensaje será más potente.
- Explica las normas con afecto: los niños entienden más de lo que creemos si les explicamos el porqué.

¿Y si mi hijo o hija ya pasa muchas horas frente a la pantalla?
Nunca es tarde para hacer un cambio. Pero no esperes que sea fácil al principio. Como todo hábito, necesita tiempo, paciencia y coherencia. Es normal que haya resistencia, protestas o incluso enojo.
La clave es acompañar ese proceso con firmeza y ternura, ofreciendo alternativas reales. No se trata de prohibir sin sentido, sino de recuperar el valor de lo esencial: mirar a los ojos, conversar, jugar, aburrirse y crear.
Recuerda que el cerebro infantil está en plena construcción, y cada experiencia cuenta. Si hoy empezamos a sembrar pequeños cambios, mañana cosecharemos niños más conectados consigo mismos, más atentos, más empáticos y más humanos.
Una invitación a repensar juntos
Este no es un llamado al alarmismo. Es una invitación al discernimiento. No se trata de demonizar la tecnología, sino de usar las pantallas con conciencia y criterio, sin que se conviertan en niñeras digitales ni en sustitutos del vínculo humano.
Como educadores y como familia, tenemos el desafío —y también el privilegio— de cuidar los primeros años de la infancia. Son años irrepetibles. Y es en esos años donde se siembran muchas de las bases de la salud mental futura.
Si sientes que necesitas apoyo para acompañar de mejor forma el desarrollo emocional y cognitivo de tu hijo o hija, no dudes en buscar orientación profesional. Porque criar también es un acto de conciencia y de amor.
Por Berta Contardo, Psicóloga Clínica


